9.21.2016

LA DAMA DEL SUR


Son varios los retos que tuvo que vencer en la vida María Luz Marín. Esta mujer de hablar pausado, maneras elegantes y sonrisa constante es en verdad una guerrera para quien no existen imposibles, una apasionada capaz de mover montañas. Y no es que fuera peleando por la vida para conquistar sus logros, lo suyo es la resistencia subterránea, la pasión razonada que desemboca en esa firmeza tan femenina que es al mismo tiempo contundente y flexible.

Marilú es enóloga pero no viene del mundo del vino. Desde niña fue muy pegada a su papá, él le hacía probar el vino en la mesa familiar, con él se iba al fundo familiar en Lo Abarca y fue él quien la inscribió en la carrera de Agronomía (ella lo había hecho sin convicción en Arte y Decoración) cuando Marilú andaba de vacaciones por Brasil. A su regreso y ante la duda comenzó a seguir las dos carreras; al año abandonó Arte y Decoración (en la que el ciento por ciento eran mujeres) y al cuarto año estuvo a punto de hacer lo propio con Agronomía cuando le tocó el curso de Enología. Allí supo que había encontrado su profesión y su destino.

Fue la primera enóloga mujer que trabajó en la empresa privada. Diez años pasó en Viña San Pedro (una bodega bien asentada pero que no estaba para experimentos), y fue consultora en varias otras. En ese entonces, los viñedos chilenos buscaban posicionarse en el mercado internacional con un tratamiento convencional del vino o en todo caso, menos audaz.

Marilú entendió que aún no era su momento. Viajó por varios países productores vitivinícolas y vio que el vino se hacía en todos los climas, en todas las latitudes, con lluvia o con nieve, con resultados diferentes pero de buena calidad. Por qué no en Chile se preguntaba con insistencia.

Volvió a sus orígenes, a la zona de Lo Abarca en el valle de San Antonio y allí se puso a buscar un lugar propicio para sembrar las vides. No fue fácil. La zona no tiene agua, el terreno es agreste, el clima es frío, neblinoso y corre mucho viento. Además está muy cerca al mar (solo 4 kilómetros); sin embargo, Marilú le vio ventajas: la amplitud térmica es propicia y las pendientes crean un aislamiento favorable para cultivos orgánicos. Su opción fue lograr cosechas medianas con plantas fuertes y sanas que concentraran el sabor y la mineralidad del suelo, pero sobre todo respetar la esencia de la planta, sin “quebrarle la mano a la naturaleza” sino más bien dejando que cada cepa se exprese a su manera y a su ritmo. Nació así Casa Martín y Marilú se convirtió en la primera mujer chilena que amén de enóloga era dueña de un viñedo.

Su primera cosecha, en el 2003, produjo un vino raro, según Patricio Tapia, el gurú del vino chileno. “Interesante pero raro”. Una década después, Casa Marín es reconocida en el mercado por su viñedo boutique que produce vinos innovadores con un puñado de cepas: sauvignon blanc, sauvignon gris, riesling, gewürztraminer, pinot noir y syrah. Los blancos son totalmente monovarietales y el syrah es un blend con garnacha. Son vinos únicos de personalidad definida, expresivos pero con cierta rusticidad que le da el terroir. Están hechos a imagen y semejanza de su dueña: elegantes, se degustan con calma y dejan huella en la memoria.


La nueva generación representada por Felipe, su hijo, le sigue los pasos produciendo sus propios vinos, más jóvenes, más briosos, más afrutados, menos alcohólicos. Pero esa es otra historia que seguramente también merecerá ser contada.

Vinos Casa Marín. Distribuidor: Almendariz y tiendas Wong. Precio por botella: entre S/ 150-250 soles.



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